Opinión
Buscar al hijo y encontrar la muerte
No tuve el privilegio de saber de ella hasta el 10 de mayo cuando fue acribillada en su casa.
Ese día me enteré que Miriam Rodríguez se convirtió en luchadora social por los desaparecidos después de encontrar a su hija en una fosa de San Fernando, Tamaulipas. La joven fue secuestrada por Zetas en 2012 . Dos años duró la tortuosa y frenética búsqueda de esta madre, hasta que localizó los restos. No pude contener la indignación y las lágrimas. Tal vez, como describiría Svetlana Alexiévich, las mujeres dadoras de vida tenemos un sentimiento exacerbado entorno a la muerte.
Me imaginé a Miriam desesperada buscando en hospitales, en el SEMEFO, en cualquier lugar que le diera indicios de su hija. Me la imaginé con taquicardia y angustia perennes desde que no la volvió a ver. También la imaginé adolorida del cuerpo por las noches en vela esperando alguna señal que la llevara a su hija. La puedo imaginar que para soportar el dolor de haberla encontrado muerta sólo la ayuda a los demás le dio motivos de vida pero también de muerte. Porque luego supe que había recibido amenazas, qué pidió protección, que entre unos reos fugados en el convulsionado Tamaulipas, estaban los asesinos de su hija a quiénes localizó y denunció. Buscar justicia la llevó a la muerte ¡Qué rabia, qué tristeza siento!
Pero más coraje me da escuchar ya como estribillo ” expresamos nuestro profundo dolor por la muerte de… Se realizarán todas las indagatorias correspondientes…. Vamos a investigar hasta sus últimas consecuencias…. caiga quién caiga….. su muerte no quedará impune…..”
El asesinato de Miriam me recordó también el de Marisela Escobedo en Chihuahua. Qué coincidencia. Otra mujer muerta después de buscar justicia. Otra madre que no descansó hasta encontrar al asesino de su hija que la autoridad liberó “por falta de pruebas” a pesar de que había una confesión.
Siento que me punza el corazón al ver el video donde se ve a Marisela llorando de dolor al escuchar la sentencia favorable al asesino, sus gritos de impotencia retumbando en la sala son sobrecogedores. Veo también el otro video donde se da cuenta de su asesinato.
Veo y oigo una vez más hasta que el coraje me produce náuseas. Porque sí, nauseabunda es la omisión e ineficacia de las autoridades pero más vomitable aún es la impunidad. Veo el rostro de Miriam, su cabello rojizo y sus lentes y veo a la mujer, a una madre que buscando justicia encontró la muerte. ¿Cuántas Miriam, cuántas Marisela más? ¿Cuántas madres andan escudriñando y removiendo intereses en búsqueda del hija o la hija perdidos en algún punto de este país?
POR PATRICIA BETAZA / COLUMNAS, DE AQUÍ Y DE ALLÁ / elarsenal.net
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