Opinión
El círculo de Los Pinos El círculo de Los Pinos
La construcción del plan de gobierno y la negociación de las reformas estructurales fueron tareas de un grupo compacto que relegó al viejo PRI y contuvo a los gobernadores. En las semanas recientes, ante la escalada de eventos desafortunados que amenazan la viabilidad del proyecto peñista, en Los Pinos accedieron a auscultar voces e ideas que estuvieron en segundo plano, incluso desde la campaña presidencial.
Los consejos de Emilio Gamboa Patrón, ya no solo en el green. Y la incorporación de Manlio Fabio Beltrones al selecto círculo que analiza la coyuntura y propone soluciones, parecían signos de que el rumbo sería corregido. Relegados aquellos funcionarios que ya no contribuyen con nada y activados algunos “aliados inesperados” –como se autodescribe uno de los recientemente incorporados–, sin embargo no hay mejoría.
Minimizando las críticas, el círculo peñista tiende al ensimismamiento y a la autopersuación.
Y perpetúa el error de diagnóstico: en Los Pinos están convencidos de que las resistencias de los enemigos y las dificultades del entorno han retrasado la consolidación del proyecto. Cualquier parecido con las viejas excusas de las administraciones panistas son mera coincidencia. Y como en el reciente pasado calderonista, existe la convicción de que la seguridad es y debe ser el legado emblemático de la administración del presidente Enrique Peña Nieto, a pesar de las críticas del círculo rojo o los sentimientos ambivalentes del público.
Después de tres meses de una espiral de silencio en la que han quedado atrapados, los peñistas serán golpeados por una nueva oleada de comentarios adversos con la divulgación –por parte de las principales casas encuestadoras– de las mediciones sobre la aprobación del último trimestre del 2014 y que permitirán una primera evaluación sobre el desempeño de la Presidencia de la República al cumplirse el primer tercio del sexenio.
Sin comprender que el paquete de “reformas transformadoras (sic)” estaba alejado de las demandas y expectativas más sentidas de la población y renuentes a modificar la ruta trazada desde el inicio de la administración, los peñistas han malgastado gran parte del capital político del Ejecutivo federal.
Los indicadores sobre la insatisfacción de la gente con las acciones en el gobierno ensombrecen los escenarios. ¿Es la seguridad o es la economía? Lo cierto es que amplias franjas de la población menos favorecida –no necesariamente pobre, como los socio-económicos D y E– no evalúan positivamente la estabilidad y las perspectivas de crecimiento, porque su opinión se centra en el alza de precios básicos, el desempleo o la situación precaria de muchos de los empleos (mal remunerados y de mala calidad) a los que acceden.
Los eventos recientes en Tlatlaya y Ayotzinapa provocaron el ajuste en la política de seguridad pública, pero la preocupación por la lentitud en la instrumentación de las reformas estructurales, el rampante déficit público y los pruritos de un sector del empresariado, desplazado por los consentidos del régimen, son obstáculos infranqueables en el corto plazo.
Las expectativas respecto de una mejora son lejanas. Y en sentido inverso, la imagen de Peña Nieto y la evaluación sobre su desempeño han sufrido una pronunciada caída, hasta ubicarse en el punto más bajo del sexenio.
Ni el rescate del sistema educativo, la recuperación del salario mínimo o la cruzada nacional contra el hambre. Tampoco las políticas públicas contra la trata de personas o la equidad de género. Resultaba evidente que son temas irrenunciables de la narrativa pública de la administración, aunque se jerarquicen o enfaticen de manera distinta, pero el esfuerzo comunicacional se enfocó a vender la “audacia” y el amor por México, como los principales atributos presidenciales. Los atributos del Ejecutivo federal no necesariamente se trasladan a la evaluación por el desempeño del gobierno.
Si esa estrategia hubiera sido correcta, ¿por qué la mayoría de la población cree que la corrupción y el tráfico de influencias se han multiplicado en los últimos dos años? Si la gestión peñista puso “en movimiento” al país, ¿por qué no hay obras de infraestructura de alto reconocimiento o programas sociales de gran recordación?
¿Será que hasta en la definición de las estrategias de comunicación política y el posicionamiento institucional son parte de una trama de complacencias y beneficios?
En vísperas de las elecciones intermedias del 2015, la población transita entre la indiferencia y el hartazgo. Los legados centrales de la administración peñista en las áreas de seguridad, social, economía e infraestructura no les conmueven, porque no les afectan. Al contrario, la mayoría cree que en esos rubros, el país ha empeorado. Y que el gobierno no funciona.
Detrás de las hipótesis de la “desestabilización” y de la embestida de los enemigos, subyace un correlato: ¿este gobierno cambiará su postura original de combatir a los poderes fácticos y eliminar a los monopolios? Agotado el primer tramo del sexenio, la etapa de la consolidación tendría que iniciar inmediatamente.
¿O vendrá un periodo de ajuste y finalmente corregirán lo que no funcionó? La ortodoxia peñista llevaría al ajuste dentro del gabinete presidencial hasta el 2015. Esa resistencia al cambio –a estas alturas– resulta un signo ominoso.
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