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Opinión

¿El fin de una era?

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Un buen amigo que se asume total y absolutamente priísta, me comentó recientemente en una charla de café donde hablamos de los últimos resultados electorales, de las encuestas para el 2018 y del relevo en la dirigencia del PRI, que estamos ante el fin de una era, refiriéndose a las más tradicionales maneras de entender la política por parte de la mayoría de los miembros activos del tricolor.

No estoy tan seguro de que tenga razón, porque contra lo que muchos piensan, si bien se mantienen “destellos” de aquel PRI dinosáurico, monolítico y antidemocrático que gobernó México 7 décadas, este partido cambió a partir del año 2000, porque si no lo hubiera hecho no habría regresado a Los Pinos en 2012.

¿A qué me refiero?

Antes del año de la alternancia, cuando Vicente Fox cumplió su promesa de “echar a los priístas de Los Pinos”, el dominio del PRI en el escenario político nacional tenía sustento en la figura del propio Presidente de la República como jefe supremo, que decidía materialmente cuanto ocurriera no solo en los otros poderes de la Federación –particularmente el Legislativo pero hasta el Judicial- sino en todos los gobiernos estatales del país, cuya primera excepción se dio hacia 1989 en Baja California, y que se fue ampliando con el paso del tiempo.

Pero no solo eso. El poder absoluto (Vargas Llosa lo definió como “dictadura perfecta”), combinaba la tradicional disciplina priísta con procesos comiciales donde los votos no se contaban bien por una autoridad electoral sin autonomía plena.

Tras la reforma política que propició en 1997 lo que para mí constituye el verdadero inicio de la alternancia federal en México (cuando Cuauhtémoc Cárdenas ganó elecciones en la capital), las elecciones funcionaron cada vez mejor (recuerden el impecable primer IFE ciudadano) y permitieron lo que parecía imposible: una derrota del Revolucionario Institucional en una elección presidencial.

Cuando esto sucedió, muchos pensamos que sería el fin del PRI pero nos equivocamos: los gobernadores priístas, ya sin un jefe en la silla presidencial, absorbieron inmensas cuotas de poder y se organizaron para recuperar parte de lo perdido. Lo hicieron echando mano de cuadros políticos más jóvenes y con raíces locales (recuérdese que antes se privilegiaban carreras en la burocracia federal de la capital que luego de muchos años regresaban a competir electoralmente a sus lugares de origen).

Y así, ese PRI que cambió desde entonces comenzó a ganar elecciones locales, en una tendencia alcista que se frenó en 2006 –debido a que combinó el fenómeno López Obrador y el consecuente voto útil en su contra con el muy mal candidato Roberto Madrazo Pintado- pero que recuperó en los años siguientes hasta el triunfo de Enrique Peña Nieto.

Por eso he sostenido varias veces que el PRI que se fue en el 2000 no fue el mismo que regresó 12 años después con una figura carismática acompañada por una heroína de la televisión mexicana.

Pero luego de un inicio espectacular, con acuerdos políticos y reformas legales profundas negociadas con los partidos de oposición, el PRI peñista llevó en el pecado la penitencia: el éxito inicial pareció ensoberbecerlo y quizá pretendió regresar a aquel partido vertical donde él mantendría un cacicazgo casi absoluto. Las viejas formas, pues.

No encuentro otra explicación política, aparte por supuesto de las graves consecuencias por los escándalos de la Casa Blanca y de la matanza en Ayotzinapa.

Luego de una evidente gobernanza basada en el férreo control a través de los dos pilares inamovibles de Hacienda y Gobernación, en ese orden,  el Presidente Peña trató de dar un vuelco llevando  a Manlio Fabio Beltrones a dirigir su partido.

Pero o el priísta de viejo cuño y gran colmillo político no contó con el apoyo necesario o la inercia negativa era ya imparable,  y la debacle tricolor ya iniciada unos años antes por escándalos de corrupción en gobiernos estatales, llegó a niveles de catástrofe en este año 2016.

La llegada de Enrique Ochoa Reza, una joven promesa vinculada con el grupo de control actual del que hablábamos líneas arriba, es la que propicia el comentario de mi interlocutor de café: “es el fin de una era y el inicio de otra”.

Si se refiere a que el Partido Revolucionario Institucional puede perder la elección en el 2018, por supuesto que tiene razón, pero dependerá en primer lugar del candidato que postule, y de una estrategia “limpiadora” de una imagen desastrosa del Jefe de la Nación, que ha arrastrado a su propio partido.

Sin embargo, para completar la fórmula falta una cosa de la que hasta hoy poco se ha hablado: ¿qué va a hacer Manlio Fabio Beltrones, quien renunció al PRI luego de la elección de este año?

Y con base en lo anterior, ¿cómo será la Presidencia del ex director general de la Comisión Federal de Electricidad?

Ahí estará la clave para dilucidar el dilema que  plantea mi amigo priísta.

POR   / COLUMNASCÓNCLAVE / *Periodista, comunicador y publirrelacionista / elarsenal.net

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