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Opinión

La “cuota de género” o el monumento a la mediocridad

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El pasado 16 de octubre el ex Presidente de Uruguay, José Mujica, hizo presencia en México para presentar el libro Una oveja negra al poder, escrito por Ernesto Tulbovitz y Andrés Danza, y editado por Penguin Random House.

Durante su intervención, Pepe Mujica afirmó que la cuota de género “denigra a la mujer” y que a la mujer “no hay que regalarle nada”. De igual manera sostuvo que “la mujer que asuma un cargo tiene que ser brillante, porque es la manera de defender el género ante los ojos públicos. No se trata de ganar por imponer, se trata de ganar por convencer”.

Por supuesto que estoy totalmente de acuerdo con Pepe Mujica a este respecto. Y hay que decirlo directo y sin rodeos: aparte de ser una tomadura de cabello, eso de la “cuota de género” es un monumento a la mediocridad. Obviamente, una sandez de esta naturaleza sólo ha podido surgir del poder chantajista que le es propio a la mitología feminista; poder que se ha vuelto parte fundamental del lobby feminista.

A través de las “cuotas de género”, algunas mujeres aspiran a acceder a cargos, plazas, puestos y trabajos de forma privilegiada, en fast track, por el solo hecho de ser mujeres. ¿Y el mérito? ¡Bah, eso no importa!, porque la “cuota de género” es un mecanismo inventado por el feminismo para desalentar el esfuerzo propio, el talento personal y la capacidad individual.

Pretextando la “discriminación histórica” de la cual han sido objeto las mujeres en el campo de la política, mañosamente las feministas han conseguido que las leyes sean reformadas para que se les asignen cada vez más espacios de forma automática. Esto se hace así, dicen las feministas, para fomentar la “igualdad entre mujeres y varones”, partiendo del supuesto (supuesto falso, obviamente) de que “las mujeres han estado excluidas sistemática e históricamente del mundo de la política”.

Dada esta circunstancia de “desigualdad estructural”, sostienen las feministas que la búsqueda de la igualdad requiere de “acciones afirmativas”, es decir, de la tramposa aplicación de privilegios a favor de las mujeres actuales a objeto de “compensar” las “injusticias” sufridas por las mujeres del pasado. Obvio, esta farsa demagógica se la han tragado muchos individuos cándidos, dadas sus estrecheces cerebrales.

Como casi todo en la mitología feminista, esta idea sobre el mundo de la política es un reduccionismo, un dogma fabricado a modo.

Para empezar, hay que decir que las mujeres siempre han formado parte del sistema político de forma protagónica. El feminismo no tiene idea de lo que realmente significa un “sistema”, y por ello comete elterrible error analítico de pensar que la política se reduce a los cargos de gobierno o a las relaciones formales y legales de poder al interior de una sociedad.

Pésima es la “teoría política” que utilizan las feministas y, por ello, consideran que ha existido “discriminación histórica” donde sólo hubo una división sexual de las actividades socioeconómicas al interior de las familias y sociedades del pasado, con fines de sobrevivencia; una división sexual que corrió al parejo de una división etaria, de talentos y de linajes.

La ciencia política, la auténtica, ha dejado en claro que cada pieza de un sistema político tiene y ejerce poder en continua interacción con las otras piezas, de forma aislada o en alianzas. Sea escasa o abundante, todas las piezas del sistema político tienen una cuota de poder que hacen valer en todo momento y de múltiples maneras.

Resulta, pues, una gran estupidez considerar que las mujeres han estado privadas histórica y constantemente de cuotas de poder político, sólo por el hecho de que no han ejercido cargos de gobierno en ciertos períodos de la historia. Reduccionismo feminista, pues.

El estudio científico del poder político no puede aceptar este vulgar reduccionismo.

Desde que nos sostuvimos en sólo dos extremidades (hace 4 millones de años) hasta el siglo XIX, nuestra especie ha conformado unidades de convivencia (hordas, tribus, familias, gens, polis, Estados, etc.) que han sobrevivido a lo largo del tiempo gracias a la división sexual de las actividades socioeconómicas; unidades en donde todos sus miembros han hecho valer políticamente su aportación al grupo, con o sin cargos de liderazgo “oficial” o “formal”.

Y si gracias a los avances civilizatorios inherentes a la Revolución Industrial ha sido posible redefinir los ámbitos de poder y las reglas de las interacciones políticas entre los integrantes de la sociedad… ¡qué bueno! Sólo debemos evitar que los cambios políticos y sociales se sostengan en falsos supuestos, y menos aún en mecanismos de chantaje ideados por gente tramposa que busca sacarle provecho a la gente bruta.

La esencia de nuestro avance como especie en evolución, sobre todo desde que entramos en laModernidad, ha sido la inteligencia, el mérito, el talento, la habilidad, el esfuerzo, la competencia. Y todos estos valores caen heridos de muerte cada vez que las feministas logran imponer sus nefastas “cuotas de género” que, como ya lo he dicho arriba, son abyectos monumentos a la mediocridad y al atraso.

Que quede claro: las mujeres con talento no necesitan “cuotas”. Éstas deben resultarles ofensivas a las mujeres que son capaces de lograr sus metas a punta de inteligencia, trabajo y mérito.

Contra la mitología feminista, y otras por el estilo, debemos seguir luchando por una sociedad que únicamente crea en el talento y en el mérito. Debemos seguir luchando por una sociedad meritocrática.

¡Y que cada quien llegue hasta donde su propio esfuerzo lo lleve!

   / CIUDADANO CEROCOLUMNAS  / elarsenal.net

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