Opinión
Las Olimpiadas y nuestra política deportiva
Los Juegos Olímpicos de Río ya van muy adelantados y la delegación mexicana ha destacado por su falta de medallas y por sus malos resultados, en general. Incluso la Selección Olímpica de Futbol ha dejado un amargo sabor de boca en sus fans. En clavados, atletismo, esgrima, box, tiro con arco, gimnasia y el resto de las disciplinas, los mexicanos han mostrado poco nivel competitivo.
Muchas personas e instituciones han salido a lucir en el reparto de las culpas, desde el Comité Olímpico Mexicano (COM) hasta la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte en México (CONADE), pasando por todas las federaciones de las ramas deportivas atinentes.
Y es obvio que el problema tiene múltiples causas, comenzando por la infraestructura deportiva, la discontinuidad o insuficiencia de los apoyos económicos a los deportistas destacados o promisorios, la ausencia de espacios para la formación del deporte amateur y la falta de cultura deportiva en este país.
Los malos resultados incluso han lanzado al aire una pregunta harto incómoda: ¿a qué fueron realmente los “atletas mexicanos” a las Olimpiadas de Río?
Mucho se ha hablado del “turismo olímpico”, muy parecido a otros turismos inútiles a costa del erario público, como el “turismo parlamentario”, que es el que hacen nuestros legisladores para quién sabe qué, y el “turismo estudiantil”, que es el que practican los becarios que se van a estudiar al extranjero lo que bien pueden aprender en México.
Y aunque uno entiende que no todos los atletas deben regresar con medallas, también entiende que algunos sí deberían hacerlo. Es lo esperable, por simple estadística. Incluso se puede regresar al país con la frente en alto sin necesidad de medallas, porque la gente sabe apreciar y aplaude un buen desempeño físico.
A mí me importan poco los eventos de deporte competitivo, sean las olimpiadas, los mundiales de futbol, etc. Me encanta, eso sí, disfrutar los buenos desempeños físicos, de las disciplinas deportivas que sean y cuando sean. Siempre resultará admirable la mezcla de vigor corporal, concentración mental y majestuosa sagacidad. Mucho de belleza tiene el deporte. Por ello, lo mínimo que se puede esperar de un atleta que se precie de tal es la maestría en su oficio.
Se supone que a las Olimpiadas deben ir los más diestros del mundo, ¿o no? Las Olimpiadas son, por esencia, una competencia entre los deportistas más talentosos del orbe. Por eso, resultan muy decepcionantes las declaraciones de los “atletas” mexicanos que, ante las críticas que se les han hecho por su mediocre quehacer, sólo han salido a decir sandeces del tipo: “Ven y hazlo tú, para ver cómo te va y para que veas lo que se siente”. Tristes palabras por parte de quienes, según, han sido seleccionados para ir a competir con los mejores.
Privatizar el deporte de competencia (olímpico y mundialista)
Y más allá de todo esto, espectáculos deportivos como las Olimpiadas también deben ponernos a reflexionar en torno a lo que debe ser la esencia de nuestra política pública nacional en materia de educación física, de deporte.
Para mí es muy claro lo que se debe hacer al respecto: a) hay que privatizar todo el deporte de competencia, y b) hay que destinar recursos públicos sólo a las actividades de acondicionamiento físico para el mejoramiento de la salud de la población en general.
Esto quiere decir que, tratándose de los deportes de competencia a nivel internacional, las empresas privadas podrán invertir, de forma exclusiva o asociada y según sus conveniencias mercantiles, en áreas tales como la infraestructura deportiva y la formación de atletas. Obvio, se trata de que los triunfos de sus atletas se vuelvan ganancias para ellas y baños de “orgullo patrio” para el pueblo. Algo así como las “escuelas de gladiadores” de la Antigua Roma. Al gobierno sólo le corresponderá aportar la bandera.
Y los recursos públicos deberán canalizarse sólo a la formación de buenos hábitos deportivos en toda la población; esto a través de la educación física que se debe inculcar en las escuelas y a través, asimismo, de las actividades auxiliares y complementarias que se suelen realizar en los parques, los jardines y/o los deportivos públicos.
El dinero público debe mantener en buen estado los espacios físicos para el desarrollo del ejercicio corporal, y debe mantener una buena plantilla de acondicionadores deportivos, de auténticos profesionales y ejemplos de vida sana, no los típicos entrenadores mexicanos que se caracterizan por su mala alimentación y su excesiva grasa abdominal.
Conclusión
La educación física es fundamental para un pueblo como el mexicano, tal proclive a la gordura y a la diabetes. Para el fomento de este tipo de educación debe haber recursos suficientes, porque el ejercicio impacta benéficamente en la salud pública. Y para el deporte de competencia se debe proceder a laprivatización, para que el atletismo se beneficié de la dinámica empresarial y ésta, a su vez, del atletismo.
POR CARLOS ARTURO BAÑOS LEMOINE / CIUDADANO CERO / elarsenal.net
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