Opinión
Lo “bueno” de lo “malo” de Trump
Tras las enclenques marchas del pasado domingo 12 de febrero nos ha quedado en claro que, con respecto a la amenaza trumpista, cada mexicano está convocado a rascarse con sus propias uñas en medio de encendidos discursos patrioteros, mientras nuestra clase política hace sus cálculos pérfidos con respecto a los comicios 2017-2018.
México sigue siendo México, pues.
Pero más allá de la coyuntura aciaga que despertó en los mexicanos un bufonesco espíritu nacionalista, debo confesar que el fenómeno Trump me tiene fascinado dado mi gusto por el estudio de esa cosa llamada política, y de su más grande construcción teórica: el Estado.
Leo y no dejo de leer a los teóricos del Estado, especialmente a los que pertenecen a ese puente fabuloso de ideas que se extiende del Renacimiento a la Ilustración. Mis predilectos, obvio: Maquiavelo (1469-1527) y Hobbes (1588-1679). Y, ahora, estando Trump en el quicio de la puerta, nada mejor que leerlos una vez más.
Donald Trump, el magnate metido a Presidente de EEUU, llegó para recordarnos de qué está hecha realmente la política en el mundo. Contra todas las ñoñerías que se suelen decir sobre la “hermandad de los pueblos y de las personas”, hay que recordar que esencialmente la política forma parte del arte de la guerra.
El gran estratega y tratadista militar Carl von Clausewitz (1780-1831) fijó perfectamente la convertibilidad entre la política y la guerra: son la misma cosa, sólo cambian los medios empleados. Pero se trata de lo mismo: someter al otro, subordinar al contrario, controlar al vecino. Y la diplomacia, esa hipocresía institucional de los gobiernos, es el arte de ganar tiempo y de generar alianzas estratégicas para fastidiar al otro.
La vida en sociedad es conflicto, de alta o de baja intensidad, pero conflicto (la “guerra de todos contra todos” del genial Hobbes). Esa estupidez que románticamente llamamos “paz” no es sino un período de tregua empleado para planear nuevas estrategias de conquista, defensa y combate.
Y, con estos antecedentes, vale decir que Donald Trump sólo llegó a recordarnos de qué va la política. Se plantó en medio del mundo para alborotar el ajedrez político con una visión simple y directa, detrás de la cual hay un plan estratégico de largo alcance, no sólo de él, sino de todos quienes, como él, quieren detener y revertir la tendencia descendente del imperio norteamericano.
Y resulta fascinante el tipo porque ya se convirtió en un caso de estudio. Sus “maldades” nos están ayudando a comprender, en toda su crudeza, la esencia de las relaciones de poder, entre los individuos y entre las naciones.
Aquí algunas ideas fructíferas al respecto:
Trump es Presidente de los EEUU
Como empresario, Trump sabe que sólo se debe meter en sus negocios, y, como Presidente de los EEUU, Trump sólo tiene como misión defender los intereses de su nación, especialmente de quienes votaron por él.
Inteligentemente, Trump ha hecho gravitar su acción política en torno a los intereses de los gringos y de sus aliados estructurales: ¿por qué carajos tendría que pensar en cómo beneficiar a un país como México, que ni siquiera piensa lo suficiente en sí mismo? Para esto deberían estar los políticos mexicanos… ¡y ya vimos lo enanos que son!
Trump nos piensa en función de su propio provecho, como debe ser, mientras nosotros no vemos más allá del próximo juego de la Selección Mexicana de Futbol, que, por cierto, se jugará en una cancha de los EEUU.
Migrantes a conveniencia imperial
Trump ha sido clarísimo: le interesan los migrantes que trabajan para ellos, no los que llegan a fastidiarlos. ¿De veras creemos que a Trump le importan mucho las nacionalidades de los cargadores de naranjas o los recolectores de algodón? Justo así han pensado todos los imperios, ¿por qué él tendría que pensar distinto?
Los migrantes son bienvenidos, aun siendo ilegales (y mejor que lo sean), si son fuente de riqueza para el país receptor (EEUU). Llegan a éste porque sus países de origen son un fiasco (nadie sale de donde se siente a gusto) y porque el país receptor equivale a mejores oportunidad de vida.
Por supuesto que el país receptor pone las condiciones y, al que no le cuadre, que se regrese a su rancho. Millones de mexicanos prefieren vivir en la ilegalidad dentro de los EEUU que regresarse a México. ¡Pero qué apátridas, con tan “buenas oportunidades” de desarrollo que bridan los gobiernos de por acá!
Trump trabaja por los intereses de los gringos y aceptará migrantes sólo en la medida en la que éstos se acoplen a dichos intereses. ¿Por qué debería ser de otra manera?
¡Y qué risa me causan quienes salen con el rollo de que EEUU es un “país de migrantes”! Olvidan, estos incautos, que en todas partes los primeros migrantes (colonizadores) llevan mano en todo, incluso en definir las reglas para los migrantes subsecuentes.
¿Trump racista?
Obvio que, con respecto a los migrantes, sale el tema del racismo, especialmente desde la óptica de lo “políticamente correcto”. La verdad es que todos los seres humanos, absolutamente todos, somos devotos de la homogeneidad, sea del tipo que sea: racial, étnica, política, religiosa, sexual, lingüística, musical, etc.
Los diferentes sólo son aceptados cuando así nos conviene y sólo para lo que nos conviene. ¡Y a regañadientes!
Curiosamente, cuando el güero Bill Clinton expulsó a tanto mexicano durante su Presidencia, las indignadas hordas de lo “políticamente correcto” no lo tildaron de “racista”, como ahora lo están haciendo con Trump. Tampoco procedieron de dicha forma cuando el negro Barack Obama hizo lo propio con 2.8 millones de mexicanos durante su gestión.
Si el güero Clinton y el negro Obama expulsan mexicanos, se habla de meras cuestiones administrativas. Si lo hace Trump, el orange… ¡se trata de racismo! ¡Ah, y por cierto, qué patética la bufonada del gobierno mexicano, yendo a recibir a los primeros deportados de la era Trump!
¿Trump misógino y machista?
Los devotos de la “corrección política” también han salido a sumarse a la verborrea feminista, declarando al millonario como un despreciable varón “misógino y machista”. E, incluso, no han faltado los lances ridículos que pretenden “rescatar” a Melania de los “malos tratos” que le aplica su marido.
Claro, se trata de los mismos tartufos que apoyaron a Hillary Clinton, la mujer que no dudó en quitarse el apellido de origen para adoptar el de su “poderoso” marido, por eso es Hillary CLINTON. Lo mismo hizo Michelle OBAMA. Así es la tradición por allá. ¡Ah, pero eso no es “misoginia ni machismo”, porque Bill y Barack son “lindas personas”!
“Malas personas” son, digamos, una Mónica Lewinsky… ¿qué es eso de querer escalar puestos en la Casa Blanca sin más mérito que el practicarle el sexo oral al Presidente Bill Clinton? ¡Le hubiera salido más efectivo y correcto exigir su “paridad de género”! ¿No creen?
“Malas personas” son, digamos, una Helle Thornig-Schmidt, la Primer Ministro de Dinamarca, que se puso a coquetear con Obama frente a Michelle en los funerales de Nelson Mandela. ¡Bueno, pero qué desparpajo de la tipa! ¡Ah, y siendo danesa de seguro les propuso un trío!
Pero que quede claro, eh: los políticos “políticamente correctos” (como Bill y Barack) no incurren en prácticas “misóginas ni machistas”, menos con la complicidad de sus “Primeras Damas”. Eso es propio de “políticos detestables” como Donald Trump.
¡Ah, tanto teatro feminista en la política gringa! Tan fácil que es entender que en las sociedades modernas, que son las sociedades de los contratos, cada persona decide lo que le conviene y procede en consecuencia. Si alguien decide venderse como carne para freír, ¿por qué luego se queja cuando se le coloca en un asador con aceite hirviendo?
Trump, el proteccionista
Por supuesto que Trump contradice el espíritu original del capitalismo: el libre mercado. Sus planes proteccionistas son una aberración, sin duda alguna. Pero se entiende: Maquiavelo siempre habló de la necesidad de colocar los intereses mundanos del Estado por encima de todo, incluso por encima de los principios sostenidos “oficialmente” por el propio Estado: razón de Estado, pues.
Trump está procediendo de esta manera: si para mantener poderío y liderazgo hay que ir contra el espíritu capitalista, ni modo. Y yo creo que terminará por ceder, porque el proteccionismo suena bien en el corto plazo pero paga mal en el mediano.
Por el momento, Trump está sacrificando el libre mercado en aras de su maltrecho liderazgo económico. E, insisto, terminará cediendo.
Trump contra los carteles de la droga
Y tan chistoso que se exhibe el magnate cuando le declara la guerra a los carteles de la droga, y hasta le ofrece a Peña Nieto apoyo militar para combatir a los “bad hombres”. No, bueno, de veras que me destornillo de la risa. Tan menso el pobre Presidente de los EEUU.
Trump es de esos puritanos idiotas que no saben identificar la causa de los problemas: cree que los cuerpos vestidos disminuyen el apetito sexual.
Por ello, pretende combatir los problemas relativos al alto consumo de drogas entre la población gringa atacando a los narcotraficantes de México y Colombia. ¡Ah, pedazo de soquete!
Increíble que un empresario exitoso, como Donald Trump, no sepa distinguir entre producción, distribución y consumo. El problema, pues, no son los narcos de México y Colombia, sino sus paisanos, que se meten por la nariz y las venas todo lo que pueden para sentirse bien.
Buena parte de los gringos sólo pueden activar su “felicidad” con polvo, humo y jeringas. Son un pueblo que busca a Jesús, pero sólo tiene cocaína al alcance de la mano. Pero de las debilidades gringas sólo ellos son los responsables.
Así que hay que decirle a Trump que los “bad hombres” son los que necesitan drogas para sentirse dichosos, no quienes se las venden. ¡Libre mercado, señor Trump, libre mercado!
Conclusión
Donald Trump es un caso de estudio. Amerita una relectura de los clásicos de la ciencia política y de la teoría del Estado.
No tiene miedo a contradecirse si de ello saca ventaja. Sirve al electorado que lo votó y a sus aliados estructurales: lo demás le vale madre. Sabe sacar provecho de la división y de los países de enanos, como México.
Ha establecido su agenda y sus prioridades y todo lo demás gira en torno a esto. Le interesan un comino los calificativos y las protestas de la gente sometida a lo “políticamente correcto”.
Lo “malo” de Trump nos enseña mucho de la política real. Lecciones que cada quien deberá aprovechar de la mejor manera.
Por Carlos Arturo Baños Lemoine / CIUDADANO CERO, COLUMNAS / elarsenal.net
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