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Opinión

Presidente Peña: delitos hasta 2025

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El gobernador con licencia de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, acusado de gigantescos desvíos por 35 mil millones de pesos, es el nuevo villano en nuestro país. Supuestamente, Peña quiere atraparlo y llevarlo ante “la justicia”: ya catearon cinco de sus casas. Pero ¿acaso es imposible que todo el caso Duarte sea una opereta montada por el propio presidente Enrique Peña?

Recordemos que cuatro días antes de librarse la correspondiente orden de aprehensión, Duarte fue citado por el segundo hombre más poderoso de México, Miguel Ángel Osorio Chong, a su despacho, donde hasta hoy se desempeña como Secretario de Gobernación (y muy probable candidato priista a la presidencia).

En el despacho de Osorio –según su propia versión- éste le dijo a Duarte que Peña le había ordenado que “volviera a apoyar” a Veracruz, pero agregó que eso “era muy difícil”, por las circunstancias en que se encontraba dicho estado. En el lenguaje hermético de los priistas, esto significaba que el Presidente de la República le estaba retirando su apoyo al todavía gobernador Duarte. Pero además, se lo estaba avisando con antelación.

Si seguimos creyendo la versión de Osorio (*), Duarte le respondió que iba a renunciar a la gubernatura y al día siguiente, efectivamente, renunció. Es decir, también Duarte le avisó a Peña, por intermedio de Osorio, que iba a irse –al menos de su puesto como gobernador–.

Y entre tanto aviso de unos a otros, la parte más risible de la versión de Osorio es que a éste nunca se le ocurrió que Duarte iba a darse a la fuga, como ya lo han hecho varios gobernadores priistas como Tomás Yarrington o Eugenio Hernández y el panista Guillermo Padrés. A Duarte, Osorio lo tenía en sus manos, pero lo dejó ir. ¿A cambio de…?

Osorio no es ningún genio de la política, ni mucho menos (se le escapó también “Don Chapo Guzmán”), pero tampoco es un neófito. Fue gobernador de Hidalgo y sabe cuándo un gobernador cae de la gracia presidencial. Pero si quiere que confiemos en él, hoy claramente necesita “un guionista” que le invente historias más creíbles…

El caso Duarte entero es una maquinación del gobierno federal. En la puesta en escena, están involucrados al menos el presidente Peña, el Secretario de Gobernación Osorio y la exprocuradora Arely Gómez.

Según Osorio, fue una “gran coincidencia” que se dictara la orden de aprehensión el mismo día que Duarte desapareció –pues eso ya se estaba investigando. Pero las asombrosas “grandes coincidencias” de Osorio, no son obra de Madame Sazú (célebre prestidigitadora o “mentalista” mexicana) como él parece pretender. Lo que muy probablemente ocurrió, fue lo siguiente: Peña le mandó avisar a Duarte, por medio de Osorio, que ya no lo iba a poder seguir apoyando. Duarte obviamente entendió el mensaje y se dio a la fuga un día después que renunció a la gubernatura –o tal vez el mismo día. Lo que no sabemos es exactamente cómo tomaron Peña y Osorio la inusitada determinación de forzar la salida de un gobernador “amigo” –eso viola todos los códigos de complicidad priistas.

En cuanto a cómo se dio Duarte a la fuga, conviene recordar lo que sigue. A los clientes pudientes, sus abogados les aconsejan que salgan del país cuando ya los busca la justicia –como a Duarte. Esto es para obtener ciertos beneficios en el proceso de extradición del cliente; por ejemplo, no pueden aumentar los delitos por los que se le acusa, luego de ser extraditados. Además, mientras dura el juicio de extradición, el cliente se puede dar la gran vida en un país extranjero, pues muchas veces enfrenta su proceso en libertad.

En el caso Duarte, si tuvo la asesoría de un buen abogado, el señor ex gobernador de Veracruz ya debe estar en el extranjero. Aunque esto es un simple inferencia y no tengo prueba alguna al respecto.

Incluso si sigue en México, Duarte podría no ser detenido. Colaboró desde el erario veracruzano con la campaña presidencial de Enrique Peña y probablemente “sabe demasiado” sobre los dineros sucios de la campaña presidencial peñista, como para que Peña realmente lo quiera declarando en la barandilla de un juzgado.

Esta es la razón por la cual –y aquí se resuelve un enigma- Peña le mandó avisar a Duarte que ya no lo podía seguir protegiendo. Aunque hará todo lo posible por seguirlo ayudando “a su modo”, por ejemplo avisándole de sus maniobras con antelación, fallando en las “razzias” o cateos, para que Duarte pueda escapar o medianamente prepararse ante lo que se le viene encima.

Pero más allá de eso, cabe mencionar lo oportuno que le resulta a Peña montar toda esa zarzuela en estos momentos. El presidente está urdiendo desde la semana pasada –la misma semana en que se fugó Duarte– la forma de quedar impune de todos sus delitos y tropelías.

La fórmula para conseguir la impunidad peñista, consiste en nombrar como procurador y posteriormente fiscal por nueve años, al abogado Raúl Cervantes, salido no sólo del PRI, sino de la propia campaña presidencial peñista de 2012. Es decir, el hoy procurador fue antes su abogado de campaña y será quien va a proteger a Peña hasta el año 2025. Lo va a ayudar no abriendo ninguna investigación contra Peña y “similares”.

La ratificación del procurador y futuro alfil protector de Peña, se dio en sólo un día en el Senado de la República, “honorable institución” que ahora resulta una especie de encubridora de todo el proceso. Al participar el en el “trinquete peñista” aprobando el nombramiento en menos de 24 horas, sin la seriedad, ni la discusión que el nombramiento ameritaba, ni la lealtad con el país que uno esperaría de la Cámara Alta, los senadores se están buscando la misma protección para sí mismos durante nueve años -es decir un sexenio y medio- mandando a “uno de los suyos” (Cervantes era senador antes de ser procurador).

Si se consuman las maniobras peñistas de la semana pasada, quedarán protegidos, aproximadamente hasta 2025: el presidente, su esposa, el exsecretario de Hacienda Luis Videgaray (le apareció una casa en el pueblo de Malinanlco), Osorio Chong (no quiere hablar de sus propiedades, pero quiere ser presidente), la canciller Ruiz Massieu (tiene propiedades supuestamente “donadas”), el exprocurador Murillo Karam (inventó una versión inducida del caso Ayotzinapa), el subprocurador Tomás Zerón (fue a colocar un hueso entre las evidencias del asesinato de los 43 normalistas) y el Secretario de Desarrollo Social Luis Miranda (está comprando con dinero público las próximas elecciones mexiquenses de 2017). Además, claro, de muchos y muy destacados delincuentes peñanietistas –y sus respectivos aprendices.

Sin embargo, hoy los medios de comunicación –la televisión antes que nadie– se concentran no en el desaseado nombramiento de Cervantes, ni en la protección mutua entre Peña y sus mafiosos, sino en el caso Duarte, y pretenden hacer creer a la población que todo esto es un acto de magia protagonizado exclusivamente por un individuo, un superhombre, Duarte, escapista sin par.

En la maniobra Duarte-Cervantes, participaron políticos no sólo priistas, sino panistas y perredistas, con lo que las tres principales fuerzas políticas del país están cocinando también el estofado de Peña y serán protegidos el próximo sexenio. Es decir, no irán a la cárcel, porque el procurador que nombraron jamás ejercerá acción penal contra ellos mismos.

El caso Duarte entonces es un “circo de dos pistas”, una “bomba de humo”, un distractor que se utilizó para quitar los reflectores de la maniobra peñista más importante: la receta para obtener la impunidad y la “gracia eterna” de la procuraduría federal, designado al jefe de ésta por nueve largos años.

Los partidos de oposición mexicanos son inoperantes. Sólo la sociedad civil ha comenzado a denunciar la maniobra. La organización no gubernamental “México Unido contra la delincuencia” emitió un valiente pronunciamiento contra el nombramiento del procurador y fiscal –aunque no lo vincula con el caso Duarte– parodiando la última bobería de Peña, que increíblemente dijo que no se levantaba cada mañana pensando cómo “joder a México” –frase que hará historia–.

Son en realidad dos las maniobras simultáneas peñistas y ambas están interrelacionadas entre sí: la maquinación con Duarte y la maquinación con Cervantes, ambas interpretadas a dúo por Peña, como un músico virtuoso y acompañado por la clase política nacional, que a la manera de una gran orquesta, hace el coro al presidente, en el Senado.

Mientras Peña mueve los hilos de “su numerito”, el desgarre de vestiduras tiene como centro a otra estrella: el Partido Revolucionario Institucional, que ha expulsado de sus filas a su antiguo miembro honorario y hoy “nuevo árbol caído”: Javier Duarte. Los panistas harán su respectivo teatro, escenificando como beatas la crucifixión del ex gobernador ya defenestrado, Guillermo Padrés; pronto será detenido algún perredista y quizá incluso morenistas o lopezobradoristas como Ricardo Monreal, encarcelándolos un rato por sus respectivos actos de corrupción. Esto, con tal de que cada partido tenga su correspondiente detenido y así dejar libres para siempre a los demás delincuentes, es decir a políticos de todos los partidos –comenzando por el Presidente de la República–.

Los gobernadores mexicanos de todos los estados, han sido unos ladrones pulguientos en su mayoría –si no es que todos–. Al menos desde que Álvaro Obregón y Elías Calles afianzaron la corrupción mexicana del siglo XX –luego la institucionalizó el PRI–. Pero muy pocas veces entran a prisión.

Lo de Duarte es anormal. A diversos gobernadores los persiguió en su momento el general Cárdenas, pero también en ciertos casos, Carlos Salinas de Gortari. Sin embargo, casi siempre se trataba de venganzas políticas o lealtades mayores con la delincuencia que para con el presidente en turno (caso Mario Villanueva, en Quintana Roo).

Nada de esto es similar al caso Duarte, de quien no se sabe que haya sido desleal con Peña. Al contrario: le financió parte de su campaña presidencial. Pero sus burdas “picardías delincuenciales” fueron tan evidentes y sus asesinatos tan señalados (creo que se probará que mandó matar a dos periodistas de la revista Proceso), que Peña decidió usar a Duarte como distractor, aunque dañándolo lo menos posible. Y nombrar mientras tanto a quien lo habrá de proteger el próximo sexenio (gane quien gane la presidencia): el hoy procurador Cervantes.

Toda esta escenificación, montada a trasmano y con la venia o la propia actuación del ilusionista de Los Pinos, maniobrero que ha logrado –hasta ahora– que sus delitos como el de la “Casa Blanca”, sus robos como el de Monex, sus asesinatos como en Tlatlaya, sus mujeres violadas como en Atenco, sus asignaciones de contratos a fieles y monaguillos como la empresa Hyga, queden impunes en México al menos hasta el año 2025.

   /  COLUMNASREALPOLITIK  / elarsenal.net

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