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Opinión

Un México al estilo Charles Bronson

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En 1974, el actor de cine de acción Charles Bronson (1921-2003) protagonizó una película que pronto se hizo famosa: Death Wish, conocida en México como El vengador anónimo. La película fue todo un éxito de taquilla, en todas partes. Y el éxito se repitió con sus múltiples secuelas (1982, 1984, 1987 y 1994).

¿Por qué el éxito de la película? Porque nos presentaba a un personaje, un ciudadano común y corriente, de carne y hueso, de todos los días, que, ante el incremento de la delincuencia y ante la incompetencia policíaca, hace justicia por propia mano y lo hace en términos sociales: sale todas las noches a rondar las calles de Nueva York para sacar de circulación a toda la “lacra social”, con su revólver niquelado, el cual le fue obsequiado por un viejo amigo suyo, objetor de conciencia, como él antes de volverse un vengador.

Paul Kersey, éste es el nombre del personaje, es un auténtico antihéroe de fines del siglo XX.

La delincuencia afecta directamente a su familia y, ante la dilación de la justicia, se da cuenta de que la gente común debe hacer lo que las autoridades públicas no han podido. Y por supuesto que sus acciones justicieras rebasan lo que, en estricto Derecho, sería la “legítima defensa”, pero la inmensa mayoría de la gente (incluido un sector de la policía) ve con buenos ojos lo que hace “El Vigilante”.

Paul Kersey viola la ley, pero lo hace para hacer prevalecer la justicia. ¡Ah, qué idea tan incómoda!

La película viene a colación porque en México se está presentando, de forma cada vez más notoria, el fenómeno de los vengadores anónimos, es decir, de personas comunes y corrientes (al menos eso parece) que están ajusticiando a los delincuentes, especialmente a quienes asaltan a los usuarios del transporte público. A la fecha van alrededor de 20 delincuentes asesinados por vengadores anónimos.

Muchos de esos delincuentes ya han estado en prisión; varias veces, de hecho. Se trata de reincidentesque, de inicio, demuestran cabalmente que nuestro sistema de readaptación social sirve para pura chingada, salvo excepciones. Las cárceles sólo son casas de paso, centros de conexión y de profesionalización delictiva, que sacan de las calles temporalmente a quienes hacen del crimen su modus vivendi.

Y aunque sabemos que el artículo 17 de nuestra Constitución prohíbe hacer justicia por propia mano, también sabemos que las autoridades deben proveernos los servicios de seguridad pública y de justicia pronta y expedita, lo que dista mucho de ser una realidad.

En este contexto de incumplimientos sistemáticos por parte de las autoridades públicas, y de inconformidad y de enojo por parte de la población civil, es fácil prever el crecimiento de vengadores anónimos“Efecto imitación”, le llaman algunos.

Tengo en mis manos el excelente tratado de Thomas Hobbes (1588-1679) sobre el ciudadano, que, en su Capítulo VI, dice claramente: “Todos conservan el derecho de protegerse por su cuenta cuando no se provea su seguridad”. El pensamiento de Hobbes, y el de otros contractualistas, se inscribe dentro de la teoría que sustenta y fundamenta la LEGÍTIMA DEFENSA.

El gobierno debe proveernos el servicio de seguridad pública, pero esto no obsta para que los mortales, los comunes y corrientes, nos alleguemos de los medios idóneos de defensa para proteger y resguardar nuestra vida, nuestra propiedad, nuestra seguridad, nuestra libertad y nuestra integridad.

El mundo es una amenaza constante y hay que estar preparados para ello.

Los vengadores anónimos han generado mucha simpatía entre la población, porque sabe que éstos ejercen justicia pronta y expedita de manera eficaz y eficiente, aunque sea al margen de la ley. Sí, por supuesto, se trata de una contradicción de nuestra sociedad con respecto a eso que se llama la “cultura de la legalidad”. Pero como esa contradicción favorece a los ciudadanos desprotegidos, a la gente le interesa un comino.

Además, hay que decir que ya existe un gran pacto de silencio ciudadano con respecto a los vengadores anónimos. Aunque todos vean, todos callarán… La población común y corriente se está volviendo “cómplice” de los vengadores ciudadanos. Incluso ya se han dado casos en donde la gente a propósito aporta datos falsos sobre los vengadores, a objeto de dificultar las investigaciones policíacas.

Los llamados de las autoridades públicas a no ensalzar el proceder de los “tomadores de justicia”, han caído en oídos nada receptivos.

Y por supuesto que resulta preocupante la expansión del fenómeno, porque al rato algún vengador podrá despacharse al vecino sólo por no haber recogido las heces fecales de su perro.

Como sea, el fenómeno está ahí y está creciendo. Y si las autoridades quieren frenarlo, tendrán que elevar sus niveles de eficiencia y eficacia con respecto al combate del crimen callejero, cosa que se mira muy complicada. Es como pedirle peras al olmo.

Para acabar, recuerdo el final de la película de El vengador anónimo. La policía termina por saber quién es el famoso personaje. Lo tiene plenamente identificado y ubicado. Pero no se atreve a echarle mano para juzgarlo, porque su éxito es inigualable (los asaltos callejeros bajaron de 950 a sólo 470 a la semana) mientras crece su aprecio por parte del pueblo. Es un héroe popular, a final de cuentas.

Por ello, las autoridades le sugieren que se vaya de Nueva York a cambio de proteger su identidad y de no fincarle cargo criminal alguno. Y así pasa. Paul Kersey abandona esa ciudad y toma nuevo asiento en Chicago, en donde, así lo sugiere el final de la película, llegará a hacer lo mismo: limpiar las calles de la “escoria social”.

Ya veremos qué rumbos sigue este asunto. Por vía de mientras, no se pueden perder El vengador anónimo, que ya es una película de culto:

   / CIUDADANO CEROCOLUMNAS / elarsenal.net

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