Opinión
¿Acabaron los complejos de México?
La Canciller Claudia Ruiz Massieu dio una gran noticia: es tiempo de evolucionar los principios de la política exterior, como la no intervención en los asuntos internos de otros países. En lenguaje coloquial, hay que enterrar la Doctrina Estrada.
Y en lenguaje académico México debe dejar de ser lo que el Kremlin comunista consideraba un país gobernado por un movimiento de liberación nacional muy cauteloso en política exterior, debido “a su frontera con el imperio”.
Más directo: acabarían los complejos de criticar dictaduras, violaciones de los derechos humanos como norma en cualquier nación, irrespeto a los resultados electorales, intervenciones militares, crímenes de lesa humanidad…
Complejos provocados por temor a que (sucedió hace dos meses) la dictadura de Venezuela nos recordara “el sufrimiento de los familiares de los 43 normalistas desaparecidos”, luego de que Ruiz Massieu recibiera a la esposa y la madre del líder opositor preso en Caracas, Leopoldo López.
Lilian Tintori y Antonieta Mendoza informaron a la Canciller acerca de la situación de López, preso tras un juicio a puerta cerrada y condenado a 13 años, 9 meses, 7 días y 12 horas por publicar tuits contra el presidente Maduro, quien le concedió sólo tres horas para defenderse.
Venezuela respondió en Twitter: “Fliares de 43 normalistas desaparecidos en Méjico y los miles encontrados en su búsqueda tendrán el mismo apoyo dla canciller @ruizmassieu?” Además de mal escrito el texto fue la respuesta genuina de una satrapía en el poder.
La diferencia es que México es una democracia real, basada en el equilibrio de poderes y la auténtica competencia electoral, una sociedad plural y libre que dejó atrás un sistema de gobierno caracterizado por el autoritarismo y el corporativismo en el que se sentía a sus anchas la Doctrina Estrada.
Sí, hay 43 jóvenes desaparecidos, pero México deja entrar a investigar el caso (y hasta paga por ello 2.5 millones de dólares) a la CIDH; mientras Venezuela abandonó la CIDH en 2003 al considerar que es un “sindicato” de juristas dedicado al lucro económico y “al servicio de los intereses más oscuros”.
Por eso está bien que abandone el confort diplomático de no intervención en asuntos internos de otros países y asuma su papel en el mundo como una democracia cada vez más viva y genuina, y una economía abierta que está entre las 10 primeras por el volumen de su comercio exterior.
Entonces dejaríamos de hacer ridículos como aquel de la bandera de los rebeldes que tumbaron en Libia a El Khadafi ondeando en la embajada de ese país en Polanco y todavía reconocíamos al asesinado dictador como Presidente.
Porque la “no intervención” sólo nos sirve para tener una política exterior abúlica y regida por la ley del menor esfuerzo.
POR RUBÉN CORTÉS / COLUMNAS, MESA REVUELTA / elarsenal.net /
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