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Opinión

Edomex y AMLO: perder por no saber negociar

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Pues ya están al alcance de la mano los números oficiales. Alfredo del Mazo (PRI) obtuvo la votación más alta en las elecciones del Estado de México: 33.72%. Su contendiente más próximo fue Delfina Gómez (MORENA), con 30.81%. Se esperaba una votación muy competida entre estos dos candidatos, pero la diferencia parece no dejar dudas con respecto al resultado definitivo.

Claro, estamos en los días en los que los típicos errores humanos de conteo, suma y registro alimentan la sospecha de “un gran fraude”. Es lo que siempre pasa. Pero el resultado final no diferirá mucho del resultado del PREP.

Lo interesante del asunto es que nuevamente nos hallamos ante un caso de dogmatismo y tozudez política por parte del dueño de ese partido-secta llamado MORENA: Andrés Manuel López Obrador (AMLO). Una vez más AMLO prefirió perder una elección antes que amarrar su egolatría de mesías tercermundista. Su temperamento totalitario le sigue impidiendo tender puentes estratégicos con otros actores políticos, a objeto de conseguir metas comunes.

Acostumbrado a ser obedecido, sin chistar, por sus feligreses, AMLO siempre espera devoción y sumisión absolutas. Él manda y los otros obedecen. Ésa es su forma de proceder. No conoce otra. Es la típica forma de proceder de un “iluminado”. AMLO se siente poseedor natural de la verdad absoluta: él la transmite, los otros la asumen y actúan en consecuencia.

El perfil psicológico de AMLO es el de un profeta, el de un déspota, el de un dictador. Por esto mismo, AMLO carece de habilidades para negociar: su “pureza de alma” no se lo permite.

Y esa actitud, sobrada de soberbia, no le permite entender cuál es la esencia de la democracia moderna, una democracia caracterizada por la permanente pluralidad de intereses en pugna y, por tanto, de intereses en continua negociación.

La mente y la actitud de AMLO son las típicas de una personalidad autoritaria, no de una personalidad democrática.

Esto nos explica por qué AMLO quiso sumar la voluntad y el voto de los perredistas a través de la amenaza, la presión y el chantaje: sus ya famosos ultimátums. “Si quieren entrar en el reino de los cielos, renuncien a todas sus pretensiones pecaminosas y sométanse a mi voluntad celestial”, fue lo que AMLO quiso decirles a los votantes externos a MORENA.

Insisto: está claro que el tipo piensa en términos autoritarios. Y sus feligreses no se atreven a contradecirlo ni a cuestionarlo, a objeto de no perder la oportunidad de conseguir un buen “hueso” o de vivir eternamente de programas sociales.

Lo cierto es que, dentro del cuarto de guerra de Delfina Gómez, alguien muy ducho para las matemáticas electorales le hizo ver a AMLO que la victoria no llegaría con el solo voto de MORENA, ni aun suponiendo la suma de una franja de los “indecisos”. Para asegurar el triunfo se necesitaban más votos, miles de votos.

Y AMLO salió por esos votos, pero con su tono de curita regañón, de pastor evangélico pedigüeño, sin el más mínimo espíritu democrático de negociación. Y, sin más, AMLO sentenció: “Declinan o los seguiré considerando parte de la mafia del poder”.

La respuesta fue obvia: el PRD lo mandó a la chingada, e hizo bien, porque hasta el manual de negociación más chafa indica claramente que toda negociación supone un intercambio. Toda negociación es juego de toma y daca. Se cambia una cosa por otra, para conseguir un mutuo beneficio.

La negociación es parte consustancial de la democracia moderna. Es una de sus herramientas más útiles y poderosas. Sus beneficios pueden verse lo mismo en las relaciones familiares que en las relaciones internacionales. Solamente un dogmático como AMLO no entiende algo tan sencillo y tan elemental.

¿De plano entre tanto asesor que tiene AMLO ninguno le ha acercado aunque sea un resumen de la Teoría de la democracia, de Giovanni Sartori?

Los de MORENA mínimo deberían poner a su líder a ver la saga de El Padrino, de Francis Ford Coppola. Digo, ya que tanto le gusta hablar de la “mafia del poder”, al menos que le aprenda algo a la mafia: hacer propuestas “que nadie pueda rechazar”.

Tan fácil que hubiera sido sentarse a la mesa con Juan Zepeda para conformar un frente electoral exitoso, invitando al PRD al reparto de los espacios dentro del Poder Ejecutivo del Estado de México: una oferta que nadie podría rechazar, como diría Vito Corleone.

Pero no, la mentecatez de AMLO lo llevó a exigir, bajo amenaza, una declinación… ¡a cambio de nada!

¿Pero qué clase de política es ésa, coño? ¿Quién, en su sano juicio, acepta perderlo todo a cambio de nada? ¿De veras cree AMLO que sus “bendiciones” valen tanto?

Uno de esos clásicos de la negociación de manual, Jim Hennig, dijo alguna vez: “Trata de evitar el ultimátum, podría arrinconarlos a ti y a tu oponente en un callejón sin salida”. ¡Cómo me acordé de esta frase en las semanas más recientes!

Concluyo: Delfina Gómez (MORENA) obtuvo el 30.81% y Juan Zepeda (PRD) el 17.79%. Sumados hubieran alcanzado el 48.6%, muy por encima del 33.72% que obtuvo Alfredo del Mazo (PRI).

Así, pues, tiene nombre y apellido el responsable de que Delfina Gómez no haya ganado la gubernatura del Estado de México. El responsable se llama Andrés Manuel López Obrador, que es un fanático evangélico que, por su concepción “purista” de la política, carece de espíritu negociador.

Eso mismo le pasó en la elección presidencial del 2006, en la elección presidencial del 2012 y la acaba de pasar en la estatal del Edomex (2017).

Por Carlos Arturo Baños Lemoine  /  CIUDADANO CEROCOLUMNAS   / elarsenal.net

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