Opinión
Eva Cadena, el juego que todos jugamos
Ayer, miércoles 31 de mayo, Eva Cadena, la diputada veracruzana hasta hace poco cobijada por MORENA, dio una conferencia de prensa para fijar su postura en torno al escándalo de corrupción que la involucra como figura principal, a saber: los videos que la exhiben recibiendo dinero de dudosa procedencia para fines al parecer ilícitos.
Es obvia la estrategia de contraofensiva de la diputada, comenzando por el reproche que le hace a su ex partido, MORENA, por haberla dejado sola cuando más lo necesitaba y por haber violado su derecho a la presunción de inocencia.
La emprendió duro contra MORENA, en lo general, y contra algunos de sus personajes, en lo particular, sobresaliendo los nombres de Rocío Nahle, coordinadora de MORENA en la Cámara de Diputados, y de Amado Cruz Malpica, coordinador de MORENA en el Congreso del Estado de Veracruz.
Como era de esperarse, Eva Cadena se colocó en el papel de víctima: dijo que se le tendió una trampa para manchar su prestigio, para presentarla como la persona que no es. Armó una versión en donde, según ella, su único error fue haber actuado de buena fe, fue haber confiado en la gente que le entregó el dinero dada su supuesta cercanía con Amado Cruz Malpica.
Eva Cadena quiso deslindarse de todo acto de corrupción de su parte, al grado de sostener que, si aceptó el dinero al cabo de mucha insistencia, fue para proteger la seguridad de quienes se lo dieron, dada la inseguridad de las carreteras de Veracruz. Ella se los guardaría para que no corrieran riesgos. Curiosamente, nada de lo se dice en los videos hace suponer eso.
De hecho, en al menos uno de los videos constan las palabras que establecen, claramente, cuál es el fin del dinero entregado: hacérselo llegar a Andrés Manuel López Obrador para su operación política, con miras a la elección presidencial del 2018. Aquí el video:
https://www.youtube.com/watch?v=vTgi9RvbcC4
Se cae, como plomo, el victimismo de Eva Cadena. Su versión está muy mal armada. Su torpeza narrativa es evidente.
Y, en el marco de su conferencia de prensa, la diputada local remata diciendo que, días después, regresó el dinero, reconociendo que hizo mal en haberlo aceptado fuera de los mecanismos legales e institucionales. ¡Qué raro! Ahora resulta que una mujer política que ya había hecho campaña, misma que ganó, no sabía que es ilegal recibir dinero en la forma en la que ella lo hizo.
Hay que insistir: ¡que pésima versión la de Eva Cadena!
Por lo demás, Eva Cadena se dedicó a exponer lo que ya muchos sabemos: que nuestro sistema político es muy vulnerable ante la corrupción. El gran problema es que, aunque todo mundo sabe o supone todo esto, rara vez tenemos al alcance de la mano las pruebas fehacientes para sancionar a los prevaricadores.
Eva Cadena afirmó que se mueve mucho dinero al margen de las reglas electorales, que el problema de fondo es que todos los partidos políticos buscan recursos adicionales (ilegales) para sostener sus costosas campañas, que en la política fluye mucho dinero sin control y que la simulación es la base de nuestro sistema.
Y sí, algunos podríamos decir que todo lo dicho por Eva Cadena es cierto. Algunos podríamos, porque hemos ocupado algunas butacas en el teatro de la política, desde donde hemos podido ver cómo se hace y se deshace la política en México. El problema es que también sabemos que, en el ámbito de lo jurídico, es inútil, improcedente o inefectiva toda acusación que no sea acompañada con pruebas fehacientes. Y, en esta clase de asuntos, lo jurídico es lo primero y lo principal.
Al escuchar a Eva Cadena, de repente me sentí viendo (y actuando) la obra de teatro El juego que todo jugamos (1970), de Alejandro Jodorowsky, que ante todo fue pensada como un ejercicio de crítica social.
Me imaginé a todos los mexicanos afirmando “Somos mexicanos y estamos esperando que la corrupción política se acabe de una vez por todas” y, mientras decimos esto, le aceitamos la mano a un burócrata para agilizar cualquier trámite.
No, no nos engañemos, somos una sociedad muy corrupta que no quiere dejar de serlo realmente. Fingimos indignación, pero tenemos varios muertos escondidos en el clóset. A los mexicanos no nos molesta la corrupción: lo que nos molesta es que esa corrupción no opere a nuestro servicio o para nuestro provecho.
Por eso resultan muy molestos los políticos populistas y demagogos, del tipo Andrés Manuel López Obrador, que insisten en abordar el problema de la corrupción desde sus estúpidas prédicas moralistoides sobre la “honestidad” y el “buen ejemplo”. Se necesita ser de veras muy idiota para pensar que con cursitos de valores de acabará algo tan agudo y espinoso. Insisto: se necesita ser muy idiota.
También por eso resultan molestos los inútiles “códigos de ética”, los sistemas anti-corrupción que nacen muertos, las contralorías lentas y farragosas, las diarreas legislativas de los congresos, las comisiones de derechos humanos (e instituciones similares) que ya no saben qué hacer para justificar sus presupuestos, etc.
Nuestro sistema político presenta muchos flancos abiertos, óptimos para estimular la corrupción en todos los sentidos y a todos los niveles, tales como: leyes defectuosas, proliferación de normas torpes, controles administrativos ineficaces, contabilidades “creativas”, nichos de economía informal, mercados mal regulados (drogas, sexo, armas, juego), uso pedestre de las tecnologías de la información, burócratas mal preparados (y con alta rotación), dispersión de acciones de orden público, improvisación de medidas, etc.
Todo esto es parte de nuestro tercermundismo legal e institucional.
Por eso, lo que dijo Eva Cadena puede pasar por cierto, pero también por inevitable. Los ya célebres casos de René Bejarano, Carlos Ímaz, Gustavo Ponce, Ramón Sosamontes y Eva Cadena han salido a la luz pública gracias al poder de unas cámaras de video bien dispuestas.
Y nos sobran corruptos, pero nos faltan cámaras. Y a veces ni con esto basta, porque el debido proceso tiene sus escrupulosos detalles.
En fin, Eva Cadena sólo actualiza uno de nuestros males sociales más profundos: la corrupción, ese juego que todos jugamos, donde parte del juego consiste en hacer como que nos indignamos cuando salen videos comprometedores. Sigamos jugando el juego, pues.
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