Opinión
Hace 31 años…
Hace 31 años, el 19 de septiembre de 1985, vivíamos en México 30 millones de personas menos que las de hoy. El entonces Distrito Federal, la capital de nuestra Nación, contaba con poco más de 8 millones de habitantes, pero todavía no se reconocía como tal la zona metropolitana de la ciudad de México, que a 16 delegaciones políticas capitalinas tenía que sumar ya a más de 30 municipios (casi todos del vecino Estado de México), que estaban a punto de formar la concentración urbana más grande del mundo.
Hace 31 años el presidente de la República era el colimense Miguel de la Madrid y el PRI se encaminaba a su sexta década en el poder. El jefe del Departamento del Distrito Federal, nombrado por el inquilino de Los Pinos y por ello miembro de su gabinete, era el guanajuatense Ramón Aguirre Velázquez.
Hace 31 años ya sabíamos que nuestra ciudad se había edificado sobre terrenos fangosos que antes habían sido una zona lacustre, y conocíamos sobre la actividad sísmica bajo esta cuenca. De hecho, los capitalinos habían visto caer en 1957 esa figura icónica de Paseo de la Reforma conocida como el Ángel de la Independencia.
Sin embargo, hace 31 años nuestro monstruo de cemento y concreto no contaba ni con protocolos serios y formales de atención a una emergencia generalizada, ni mucho menos con una cultura de protección civil ante cualquier eventualidad que arriesgara la seguridad de millones de personas aquí concentradas.
Hace 31 años, una mañana como hoy, los chilangos fuimos despertados violentamente por un gran sismo de magnitud 8.1 grados en la escala de Richter cuya sacudida fue de tales proporciones, que la ciudad nunca fue ya la misma, más allá –muchísimo más- del cambio de fisonomía que la reconstrucción trajo consigo.
Hace 31 años, la naturaleza le arrancó cruelmente la vida a miles de papás, hermanos, hijos, primos, amigos, compañeros…. sepultados bajo toneladas de escombros que apenas a las 7:18 de la mañana de aquel día eran techo “seguro” en edificios de departamentos y oficinas, casas, vecindades,
talleres de costura….
Hace 31 años, el alba de la otrora región más transparente del aire se oscureció con una densa nube de polvo y fue invadida de súbito por un insoportable olor a gas y, apenas unos minutos después, cuando quienes sobrevivimos salimos a las calles, a muerte.
Hace 31 años caminé, incrédulo, aterrorizado, las calles de la siempre señorial Colonia Roma, que aquella mañana parecía una zona de guerra que sólo imaginaba posible en fotografías de libros de historia o en la mente de productores de películas apocalípticas.
Hace 31 años, en pocas horas emergieron cientos de centros logísticos de acopio y apoyo, desde donde los siguientes días los habitantes de esta ciudad se volcaron a ayudar a millones de desconocidos pero semejantes, mostrando un conmovedor rostro de solidaridad en medio de una desgracia que era la de todos, no solo de deudos y damnificados.
Hace 31 años, no me despegué durante días de un punto donde vivían quienes, a pesar de mi corta edad y de contar afortunadamente con mis padres de sangre, se habían convertido en papá y mamá virtuales que apenas 15 días antes me habían deseado suerte en mi primer viaje de trabajo fuera de mi amado país.
Ahí, en la esquina de las calles de Yucatán y Monterrey, muy cerca de la avenida de los Insurgentes, hace 31 años caminé entre trozos de concreto, varillas retorcidas y ese horrendo olor a gas que jamás olvidaré, con la esperanza de encontrar con vida a quienes sus hijos no podrían dar por perdidos.
Hace 31 años y durante 5 días hicimos guardias y relevos para remover escombros, como se hacía en cientos de lugares cercanos o no tanto: los edificios de Insurgentes, de Reforma, de Calzada de Tlalpan, de avenida Juárez, de San Juan de Letrán, del viejo Centro Histórico de la ciudad. Miles de historias de desesperación, esperanza, hermandad entre enemigos que no lo eran, consuelo, resignación….y esperanza generada por quienes fueron rescatados con vida.
Hace 31 años vimos la imagen del Jefe del Estado Mexicano y del regente de la ciudad recorriendo, incrédulos, las zonas de desastre, sin saber exactamente qué hacer mientras que la sociedad civil –convencido estoy que ese día nació este concepto a plenitud- estaba ya plena y conmovedoramente organizada para lo que se ofreciera, que era mucho, muchísimo.
Hace 31 años la ciudad de México empezó a cambiar, porque entre los escombros de Tlatelolco salieron nuevos movimientos políticos que después fueron piezas de cambio en la estructura política capitalina, de la reforma política y de la alternancia democrática.
Hace 31 años el terremoto corrió un velo que descubrió miserias humanas, corrupción, componendas, amarres provisionales que deberían ser sólidas estructuras. Y despertó una conciencia que prevalece, aunque algunos grupos sociales se mimetizaron con los políticos de siempre y como siempre.
Hace 31 años se fueron María Elena y Abel, dejando a una familia de jóvenes que se han convertido en orgullosos adultos que hacen lo que consideran necesario para salir adelante y ser felices, aún con esa pena que nunca desapareció y que permanecerá por siempre.
Estarían orgullosos si los vieran: a ellos y a su dinámica y amorosa descendencia.
Como debemos estar orgullosos quienes aquí seguimos o quienes tienen ahora 31 años de edad o menos –incluyendo 14 bebés que aquellos días renacieron de los escombros del Hospital Juárez- porque a pesar de todo nuestra ciudad cuenta con mucho mejores esquemas de protección civil y cultura de la prevención.
Orgullo no exento de dolor de lo que aprendimos de aquella horrible mañana, hace 31 años: que sí existen la mano solidaria, la compasión y la complementariedad desinteresada. Si éstos aparecieran espontáneamente sin necesidad de que se presente una tragedia como la de 1985, este país recuperaría plenamente su esperanza para siempre.
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