Opinión
La gasolina y la displicencia
El gobierno ha sido displicente y poco previsor con el anuncio del actual incremento de los precios de la gasolina, el cual, empero, es imprescindible para que el precio se mueva con transparencia, y de manera definitiva, en función de los costos, como es en todo el mundo.
Sin embargo, el gobierno en pleno no debió tomar las tradicionales vacaciones decembrinas y dedicar la última semana del año a explicar a la ciudadanía la necesidad de este paso. Explicarlo y, después de explicarlo, volver a explicarlo.
Lo más seguro es que la ciudadanía no habría entendido, porque vivimos una época de un nihilismo enfermizo, casi terminal. Pero el bombardeo de explicaciones habría al menos modulado la opinión pública. En este momento, en cambio, la ira está al borde se convertirse en un estallido.
La protesta creció ayer. En 13 estados se registraron 19 cortes carreteros; en la CDMX y zona conurbada cerraron 50 gasolineras por vandalismo; en Ecatepec fue asaltada una pipa de gasolina; en el municipio mexiquense Nicolás Romero hordas de vándalos arrasaron con una tienda Chedraui.
Pero hasta ahora sólo ha aparecido a aportar argumentos el secretario de Hacienda, José Antonio Meade, con conceptos clarísimos:
–“El aumento permitirá que, por primera vez, en México comience la competencia en el mercado de las gasolinas”.
–“Las gasolineras puedan ir dando descuentos contra su propio margen, en los precios”.
–“Se pasará de un esquema en que el precio se administraba sin tener en cuenta los costos internacionales, a uno en que refleja los costos internacionales”.
Muy bien por Meade. Pero sus apuntes técnicos debieron ser acompañados por razonamientos de los demás secretarios de Estado, adaptándolos a sus áreas, pues el aumento del precio a la gasolina repicará en la mayoría de los sectores de la sociedad.
En cambio, ese vacío ha sido ocupado por exigencias lógicas de ciudadanos, empresarios, intelectuales y organizaciones sociales, así como por políticos de oposición que tripulan a grupos vandálicos que les sirven para todo en momentos de sacar raja política.
Un vacío peligroso porque nunca se sabe cómo acaban los descontentos. Quienes conducen los destinos de un país no deben perder de vista lo que ocurre en otros. Por ejemplo, la Primavera Árabe empezó en 2011 con protestas por la inmolación de un verdulero en Túnez.
Desesperado por la crisis económica, Mohamed Bouazizi se prendió fuego en la plaza de un pueblo remoto. En su apoyo estalló la revuelta popular que tumbó por efecto dominó a los dictadores de Túnez, Libia, Yemen y Egipto, y tuvo en jaque a los de Siria, Omán, Argelia…
En México los protestantes por el precio de la gasolina ya ganaron la agenda pública y política.
Por lo pronto.
Por Rubén Cortés. / COLUMNAS, MESA REVUELTA / elarsenal.net
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