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Opinión

Miroslava: periodismo y narco

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Apenas la conocí, para qué les miento.

Apenas conocí a Miroslava Breach Velducea, corresponsal de La Jornada en Chihuahua. Un par de veces conversé con ella, de modo superficial. Poco la conocí, la verdad. Muy disciplinada, sin duda.

Y, sinceramente, hasta donde la conocí y la leí, Miroslava tenía una buena radiografía del Estado de Chihuahua: grupos empresariales, alianzas políticas, zonas delictivas, correlaciones cómplices, rutas de migración ilegal, grupos locales de poder, nichos de corrupción, zonas del crimen organizado, chismes pasionales, picaderos fronterizos, grillas eclesiásticas, etc.

Era una profesional del periodismo, ni duda cabe. Con sesgo político, eso es inevitable. Ya saben, la humana condición. Pero la mujer, era buena, era profesional.

Pero tenía un defecto, un grave defecto, el mismo defecto que tienen todos los periodistas que se manifestaron ante la PGR exigiendo justicia con respecto a su lamentable asesinato: el defecto de no darse cuenta del enorme poder que tiene el narcotráfico por el solo hecho de ser ilegal.

Quien se mete a fondo con el narco está firmando su sentencia de muerte, aquí y en el resto del mundo. Ante el poder del narcotráfico, los mecanismos de protección a periodistas son pura vacilada.

El jueves 23 de marzo fue asesinada Miroslava. Los sicarios llevaban una clara encomienda: si no hay muerto, no hay cobro. Profesionales de la vieja escuela.

Miroslava fue asesinada a 07:06 de la mañana del jueves 23 de marzo, a bordo de su camioneta, justo cuando salía de su casa para llevar a su hijo de 14 años a la escuela. El menor salió ileso. Los sicarios eran unos profesionales, unos verdaderos profesionales de la vieja escuela: sólo mataron al objetivo. Matones quirúrgicos: sólo matan a quien deben matar.

Pocos quedan de ésos. Hoy, a la mayoría de los sicarios les vale madre la lista de las bajas colaterales: la inmensa mayoría de los sicarios suelta la ráfaga y punto. Ahí están Guerrero, Michoacán, Sinaloa y Veracruz para entender lo que digo.

¿Protestar? Claro, hay que protestar, pero no para exigir imposibles, como lo hicieron los periodistas agrupados en torno a la La JornadaProceso y Aristegui Noticias. Periodistas que ni siquiera se acercan a la raíz del problema.

Se trata de periodistas que, incluso, sueltan la idea superficial y sin sustento de que detrás del asesinato de Miroslava está el Estado, el gobierno: “Gobierno fascista que matas periodistas”.

No, señoras y señores, todo huele a crimen organizado, tan capaz éste de extender sus poderosos brazos hacia todos lados y a todas horas, con enorme capacidad para hacer daño a plena luz del día y con enorme precisión. Las autoridades públicas quedan en segundo plano, como estatuas de marfil.

Y yo claro que protesto. Soy periodista de opinión y no me callo lo que pienso.

Los periodistas corremos muchos riesgos, siempre, porque las opiniones e investigaciones incómodas siempre generan enemigos. De por sí, en este pinche mundo a uno lo pueden matar sólo por no entregar la cartera en el Metro.

Pero más riesgos corren los periodistas cuando nuestra sociedad genera áreas de riesgo innecesarias.

Por eso yo protesto por pertenecer a un país cuyo gobierno y cuyo pueblo se han resistido, estúpidamente, a legalizar todas las drogas.

Yo protesto por pertenecer a un país que se niega a regular racionalmente el sexo-servicio.

Yo protesto por pertenecer a un país que no quiere ampliar ni reforzar el derecho al uso de armas de fuego para la auto-protección y la legítima defensa.

Yo protesto por pertenecer a un país que penaliza los casinos pero aplaude la Lotería Nacional.

En conclusión: yo protesto por un país que, contra toda racionalidad, mantiene en la ilegalidad muchas actividades económicas, elevando con ello el nivel de peligro para el gremio periodístico.

Soy periodista de opinión, muy orgulloso de mi actividad analítica y crítica; de una actividad que no pide permisos ni pretende quedar bien con este o aquel grupo o personaje.

Me duele el caso de la compañera Miroslava Breach Velducea, sobre todo por su hijo. Ningún menor de edad debe crecer sin la presencia de su madre, creo yo.

Me duele mucho por su hijo, sobre todo.

Lo peor de todo esto es que, en la frontera norte de México, la vida de cualquier ser humano vale cinco mil pesos. Así es. Por cinco mil pesos ustedes pueden mandar matar a quien quieran, sea o no sea periodista.

Y si quieren matar a alguien sin dejar cabos sueltos ni daños colaterales, como en el caso de Miroslava, el precio puede ser de hasta 35 mil pesos, con la garantía de que el sicario nunca soltará la sopa si cae en la red de la justicia, cosa que casi nunca sucede.

Y algunos lo harán para ganarse un ascenso dentro de la escala del crimen organizado.

¡Ah, México, México!

Nos duelen los periodistas asesinados, claro, pero no nos atrevemos a reducir las áreas de riesgo para el ejercicio periodístico.

POR    /  CIUDADANO CEROCOLUMNAS  / elarsenal.net

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