Opinión
Pegasus, ¿espiaos los unos a los otros?
El espionaje no es una actividad nueva. Es tan antigua como el ser humano mismo. Siempre han existido personas interesadas en saber lo que otras personas dicen y hacen, aun en sus fueros más privados. La intención del espionaje es allegarse información idónea para volver vulnerable a la persona que es espiada.
Del espionaje echan mano gobiernos, empresas, organizaciones criminales y hasta personas particulares, cada cual a su nivel. La cosa es llegar a poseer información sensible, información útil para sacar provecho, información capaz de mover hilos poderosos dentro de la sociedad. El supuesto del espionaje: todos ocultan un cadáver en el clóset.
Con el paso del tiempo, y sobre todo en la era del ciberespacio, los medios de espionaje se han sofisticado demasiado, y quienes lleven la vanguardia informática llevarán cierta ventaja en materia de espionaje.
Por ello, no me extraña ni me sorprende el más reciente escándalo relativo a posibles actos de espionaje en contra de compañeros periodistas y defensores de los derechos humanos.
Ya conocemos el caso: Pegasus.
De acuerdo con un reportaje publicado en el New York Times, fechado el lunes 19 de junio y basado en una investigación técnica hecha en Canadá y México, “alguien” supuestamente utilizó el software Pegasus, clasificado como un malware (software intrusivo y dañino), para intentar intervenir los teléfonos inteligentes de las siguientes personas: Mario Patrón, Stephanie Brower y Santiago Aguirre, del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez; Carmen Aristegui, Emilio Aristegui, Rafael Cabrera y Sebastián Barragán, de Aristegui Noticias; Carlos Loret de Mola, de Televisa, El Universal y Grupo Fórmula; Juan Pardinas y Alexandra Zapata, del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO); y Salvador Camarena y Daniel Lizárraga, de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI).
La publicación de la nota coincidió, a propósito, con una conferencia de prensa realizada en México para dar a conocer la investigación intitulada Gobierno espía. Vigilancia sistemática a periodistas y defensores de derechos humanos en México, realizada por las organizaciones civiles Artículo 19, Red de Defensa de los Derechos Digitales y SocialTIC.
Aquí la liga de dicha investigación:
https://es.scribd.com/document/351701493/GobiernoEspia#download&from_embed
De acuerdo con ésta, hubo intentos de invasión a los teléfonos inteligentes de las personas mencionadas, entre enero de 2015 y julio de 2016, a través de mensajes engañosos de SMS que contienen un vínculo electrónico, el cual, al ser activado, permite la inadvertida descarga del malware.
Una vez descargado el malware, el agente contaminador tiene acceso a toda la información del teléfono móvil e, incluso, puede ser capaz de activar el micrófono y la cámara del dispositivo.
La empresa que fabrica dicho malware es NSO Group, de origen israelí, que afirma que sólo vende ese producto a gobiernos y con la condición de que únicamente sea utilizado para combatir a terroristas, grupos criminales y cárteles de la droga. ¿Habrá inocentes que crean esto? ¿El mercado mundial de la información estratégica de veras se someterá a este tipo de restricciones?
La hipótesis central de la investigación referida sugiere, porque no lo demuestra, que dichos intentos de invasión han corrido a cargo del gobierno de México. Incluso la redacción al respecto se maneja con mucho cuidado:
“En los últimos años, se han documentado diversos indicios de la adquisición de equipo de NSO Group para (sic) parte de distintas instancias del gobierno de México, tales como la Secretaría de la Defensa Nacional, la Procuraduría General de la República y el Centro de Investigación y Seguridad Nacional” (p. 63).
Hay que insistir en que se trata de “indicios”, no de pruebas. Y parte de esos “indicios” son: correos electrónicos filtrados, investigaciones periodísticas publicadas en la revista Contralínea y Aristegui Noticias, notas periodísticas del periódico Reforma, etc.
Cosa curiosísima, pero de veras curiosísima, es que se puede deducir, sobre todo con base en los correos filtrados, que el tal Pegasus es menos eficiente de lo que se cree, que resultan muy débiles y vulnerables las restricciones que supuestamente ha establecido NSO Group para su comercialización, y que la competencia entre empresas de servicios de inteligencia enturbia aún más el esclarecimiento de posibles espionajes (pp. 63-66 de la investigación).
A esto se suma el hecho de que, por disposición de las empalmadas Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública Gubernamental (LFTAIPG) y Ley General de Transparencia y Acceso a la Información Pública (LGTAIP), muchas de las solicitudes de información sobre los contratos gubernamentales en materia de inteligencia y seguridad no recibirán la respuesta esperada, toda vez que sobre esta materia pesa la reserva de ley.
Se prevé, pues, un conflicto legal de enorme trascendencia, pues si bien es cierto que la información en materia de seguridad nacional, seguridad pública y defensa nacional se considera información reservada (artículo 113, fracción I, de la LGTAIP), no menos cierto es que no podrá invocarse el carácter de reservado cuando se trate de violaciones graves de derechos humanos o de información relacionada con actos de corrupción (artículo 115 de la LGTAIP).
Llegado el momento, ¿qué pesará más según los criterios del tan cuestionado Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI)?
¿El Caso Pegasus será considerado como violación grave a los derechos humanos de periodistas y defensores de derechos? ¿Será considerado como acto de corrupción que merezca la inaplicación de la reserva?
¿La Procuraduría General de la República llegará al fondo del asunto estando de por medio ella misma y la malhumorada Secretaría de la Defensa Nacional?
En tremendo embrollo estamos metidos. Este asunto hará historia.
Concluyo recordando viejas pláticas con un conocido ya fallecido que trabajó en la Dirección Federal de Seguridad en su “época de oro”, la de don Fernando Gutiérrez Barrios (1965-1970) y Luis de la Barreda Moreno (1970-1977).
En ese entonces, el espionaje del Estado se centraba en grupos subversivos (guerrilleros) y criminales, si bien el gobierno no dejaba de echarles un ojito a sus críticos, especialmente a políticos de oposición, periodistas, intelectuales, ministros de culto y empresarios. Eran los tiempos de la “alambreada” (intervención telefónica), la persecución discreta, la infiltración de personal (en grupos y movimientos) y el pago de soplones.
“Cuando se cuenta con recursos, espiar a la gente es fácil”, nos decía. “Pero lo de veras importante es saber qué información resulta útil y saber qué hacer con la información”. En muchos de los casos, la información incómoda se suele “filtrar” a medios idóneos, casi siempre periodísticos, con el fin de “quemar” a alguien. El medio periodístico se luce y sube su raiting (y sus ingresos), en tanto que el “filtrador” consigue su cometido: chingar a alguien.
Ahí están todas las “filtraciones” que han puesto en entredicho o en predicamento a tantos personajes públicos, lo mismo nacionales que internacionales.
Por eso, hay algo en todo esto que no me cuadra.
¿Espiar con la intención de dañar físicamente a los periodistas o a los defensores? No creo: quien de veras quiere dañar, sólo se acerca lo suficiente y aprieta el gatillo: allí está la cadena de bajas dramáticas, desde Manuel Buendía hasta Juan Valdez.
¿Espiar con la intención de intimidar a periodistas y defensores por sus “incómodas acciones” frente al gobierno de México? Tampoco: todos sabemos que los laberintos de la justicia mexicana son causa suficiente para torcer cualquier camino hacia la verdad. ¿Para qué desgastarse innecesariamente si basta dejar pasar el tiempo?
Además, hay formas más baratas y menos problemáticas para espiar a la gente que Pegasus. ¿Para qué gastar tanto dinero y para qué dejar rastros?
Hay muchas cosas que no me cuadran en todo esto. Ya veremos qué dice el futuro.
POR CARLOS ARTURO BAÑOS LEMOIN / CIUDADANO CERO, COLUMNAS / elarsenal.net
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