Opinión
Carne de cañón
El Papa Bergoglio debió enfatizar ayer: “Quisiera agradecer de corazón a todos los que han colaborado de distintos modos en esta visita pastoral”. Fue su justificación ante quienes entusiasmó con su mensaje previo desde Roma.
Entonces adelantó que “nuestra Madre” no quiere “al México de la violencia, el México de la corrupción, el México del tráfico de drogas, el México de los cárteles”, y que nuestro país vive “su pedacito de sufrimiento, de tráfico organizado”.
Y sí trató esos temas. Fue crítico con los problemas de México: pobreza, narcotráfico, corrupción, migración. Pero no al estilo de activista político que le caracteriza y que advirtió en aquel mensaje desde Roma.
Ya aquí, se enfocó al carácter de su visita: pastoral, que consiste en sembrar el mensaje de esperanza de Dios, aunque dejó una sentencia lapidaria a quienes quieren dirigir los destinos del país:
“¿Qué quiere dejar México a sus hijos? ¿Quiere dejarles una memoria de explotación, de salarios insuficientes, de acoso laboral?” Porque uno de los flagelos más grandes a los que se ven expuestos sus jóvenes es la falta de oportunidades de estudio y de trabajo sostenible”.
Ayer denunció uno de nuestros trances más graves y (para qué jugar con las palabras) olvidado por los tres poderes del Estado: la dureza del sistema penitenciario, enfocado en la represión, “creyendo que todo se resuelve aislando, encarcelando, sacándonos los problemas de encima”.
Porque el 62 por ciento de los presos del país lo están por robos menores a dos mil pesos y sin procesos judiciales correctos. Injusticia que, advirtió Bergoglio, se radicaliza en los jóvenes: “carne de cañón”, perseguidos, amenazados cuando tratan de salir de la violencia y el infierno de las drogas.
Por ejemplo, hoy mismo hay en México 100 mil jóvenes presos en espera de procesos penales, 60 mil de ellos por consumo o portación de mariguana, 15 mil de ellos por portar el equivalente a una cajetilla de cigarros comerciales.
¿Se rehabilitan esos jóvenes en la cárcel? No. Tras unos años en prisión salen convertidos en sicarios, porque adentro conviven con éstos, quienes son los que realmente hacen labor con ellos. Resulta una injusticia histórica desgraciar la vida de un joven por cargar cuatro cigarrillos de marihuana.
Nuestra violencia afecta principalmente a los jóvenes: víctimas y victimarios a la vez, pues los crímenes son la causa número uno de muerte entre personas de 18 a 29 años, con un patrón idéntico: víctimas de violencia en el entorno familiar y sin oportunidades de utilizar su tiempo libre de manera productiva.
Si a algo van a hacer caso los tres poderes de lo que dijo el Papa Francisco, debe ser a eso:
Creer que todo se resuelve encarcelando, sacándonos los problemas de encima.
POR RUBÉN CORTÉS / COLUMNA MESA REVUELTA / elarsenal.net
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