Opinión
“Sísifo en Los Pinos”
Desde el 26 de septiembre pasado, el Presidente vive la condena de Sísifo: el personaje mítico que carga una roca hasta el pico de una montaña pero, al hacerlo, la piedra se viene abajo y Sísifo baja, la toma y otra vez para arriba. Y así, y así…
Aquel 26 de septiembre, 43 normalistas fueron desaparecidos en Iguala por orden del alcalde perredista José Luis Abarca (hoy preso), porque sabotearían el anuncio de su esposa para sucederlo, y Morena quitó a su candidato al gobierno estatal, Lázaro Mazón, porque su relación con Abarca “nos afectó”.
Un día antes el Presidente había sido la gran figura en la Asamblea General de la ONU en Nueva York y le fue concedido el premio Estadista Mundial 2014, sólo recibido antes por Reagan, Gorbachov, Obama, Sarkozy, Lula, Merkel y Havel.
Pero, en la percepción, el caso Iguala fue observado nacional e internacionalmente como un asunto del gobierno federal, bajo el discurso de “Fue el Estado”. Entonces el Presidente cargó la roca de Iguala y empezó a subir la montaña.
En el ascenso, fue difundida la compra, por parte de su esposa, de una casona en Las Lomas; y otra por parte de su secretario de Hacienda en Malinalco. También dos del titular de Segob en Las Lomas, pero éste desactivó el tema: “No son mías, ni de mi esposa, ni de ningún familiar”.
El Sísifo de Los Pinos llegó a la cúspide el 7 de junio: se convirtió en el primer Presidente, desde 1997, cuyo partido gana la elección intermedia. El PRI obtuvo cinco de las nueve gubernaturas en juego y con el Verde y Panal, la mayoría en la Cámara de Diputados.
Una encuesta de El Universal arrojó que si entonces se hubieran repetido las elecciones de 2012, habría vuelto a ser Presidente, con 29 por ciento de la votación, y subió a 40 por ciento en la aceptación ciudadana, cuando en febrero contaba con el 37 por ciento.
El sábado, emprendió una visita de Estado para ser el primer mandatario latinoamericano en asistir al Día Nacional de Francia. Otra vez acariciaba el éxito. Pero esa noche volvió a ver rodar la roca: El Chapo escapó de la cárcel y ha puesto al Presidente a cargarla de nuevo, penosamente, cuesta arriba.
Sísifo pecó de orgullo y los dioses lo condenaron. Pero el Presidente tiene una oportunidad negada al personaje mítico: empujar el peñasco y dejarlo arriba para siempre: si creía tener margen para aguantar los cambios en su equipo, la fuga de El Chapo se lo quitó.
Si no lo entiende, entrará en una dinámica de pérdida de consenso en torno a su figura. Está obligado a relanzar su gobierno.
O seguirá siendo Sísifo.
POR RUBÉN CORTÉS / elarsenal.net
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