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Opinión

Claro, Peña: la corrupción somos todos

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El miércoles 28 de septiembre, el Presidente Enrique Peña Nieto hizo presencia en las instalaciones del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) para inaugurar la Semana Nacional de la Transparencia 2016.

Ya saben ustedes, se trató de uno de esos actos oficiales inútiles que sólo sirven para conocer nuestro grado de atraso en materia de transparencia gubernamental, acceso a la información pública y rendición de cuentas. Mucho boato para poca realidad. México es un país que dice que cree en la transparencia, peor en la realidad cree muy poco en ella.

La verdad es que nadie quiere estar realmente expuesto en una “caja de cristal”: ¿en serio queremos exhibir nuestras miserias, nuestra corrupción, nuestra infamia? No lo creo.

La verdad es que me gustó el mensaje del Ejecutivo Federalnadie está tan limpio como para arrojar la primera piedra. El sentido del mensaje es muy claro: en México, todos somos corruptos, unos más que otros, pero todos lo somos. Y lo peor: no tenemos las reglas, ni los mecanismos institucionales, ni los instrumentos técnicos para de veras “combatir la corrupción”. Pero nos encanta fingir.

Miren ustedes, yo siempre he dicho que es falso que los mexicanos estemos en contra de la corrupción. La verdad es que sólo estamos en contra de la corrupción que no nos favorece. Estamos a favor de la corrupción que se comete todos los días para nuestro beneficio y provecho.

Somos corruptos y, además, hipócritas. Por eso nadie realmente se cree todo ese rollito “anti-corrupción”, que está de moda. En un “choro” para eventos oficiales, nada más.

Déjenme contarles una anécdota personal, que ilustra de mil amores el fenómeno de la corrupción en México.

Corrían los tiempos de la “renovación moral” de Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988), y algunos chamacos caguengues nos metimos a hacer valer el cuento ése de las “contralorías ciudadanas”. De hecho, yo era apenas un adolescente, no era ni mayor de edad. Pero ya me encantaba la “grilla” y me involucré en ese rollo. Sí, sí, era un “pobre iluso” (un pendejo, pues).

Recuerdo perfectamente las grandes enseñanzas de la época. Me le pegué a uno de esos “inspectores” dela vieja escuela: priista a huevo, diente de oro, bigote estilo Gordolfo Gelatino, camisa con botones a punto de reventar, pelo engominado hacia atrás, esclava de oro, anillos de mafioso, cadena de oro al cuello con la imagen de la Virgen de Guadalupe. ¡Todo un personaje!

Me reservo el nombre, porque aún vive. Ya está muy viejito. Fue mi gran maestro en eso de la corrupción mexicana “a nivel de calle”. Él me ayudó a comprender muy bien el fenómeno de la corrupción en México.

“¡Ah, qué mi joven!”, me decía a cada rato. “Le juro que los corruptos no somos nosotros, es la gente, es la sociedad. Nosotros sólo hacemos que las cosas funcionen para bien de todos, de veras, mi joven”. Siempre fue muy amable conmigo.

Varias veces me dijo: “Mire, mi joven, dígame qué ruta quiere que sigamos para la inspección, la que usted quiera, mi joven, y ya verá”. Insurgentes y sus alrededores, elegía yo, dentro del perímetro de la Delegación Benito Juárez. No diré más: siempre he respetado a mis informantes, desde la adolescencia.

Y el gran cabrón me demostró que tenía toda la razón: todos los negocios que visitábamos, absolutamente todos, incumplían las normas vigentes, al menos en parte. Muchos negocios ameritaban la clausura inmediata. Y yo, estando detrás del “inspector”, siempre escuché las mismas frases por parte de la“decente sociedad mexicana”:

¿Qué pasó, mi jefe, si usted sabe que aquí hay jale?

¿Con cuánto se arregla el pedo, mi inspector?

Hoy por mí, mañana por ti, patrón.

¿Pues cuándo dejamos de ser amigos, mi jefe?

¿De a cómo el trámite, jefazo?

¿Qué pasó, mi inspector, si sabe que nosotros siempre nos ponemos?

Usted nada más dígame “de a cómo” nos arreglamos y se hace.

Usted ponga la música y yo bailó.

Ese afable “inspector” siempre me decía: “Mire, mi joven, toda la gente es corrupta, siempre incumple las normas, porque sabe que si le llega una inspección, todo lo arregla con unos billetes y ya. ¿Y para qué nos metemos en problemas, mi joven?”.

“¿Y qué quiere que hagamos, mi joven, que clausuremos todos los negocios chuecos? Tendríamos que cerrar casi todos los negocios de la Delegación, mi joven”. Sus pruebas y sus argumentos eran crueles pero contundentes. Ese “inspector” me demostró, una y otra vez, que la corrupción gubernamental es el correlato natural de la corrupción social.

Fue entonces cuando me comencé a meter en serio en los asuntos de la administración pública, para constatar que, en efecto, ese “inspector” tenía toda la razón: la inmensa mayoría de los mexicanos son corruptos, pero les encanta hacerse pendejos y darse “baños de pureza”.

Ese “inspector” fue uno de mis grandes maestros de vida porque me enseñó cómo funciona la corrupción mexicana. Desde entonces lo he apreciado, por la crudeza y veracidad de sus lecciones.

Y hasta la fecha, hoy en día, todos los días salgo a las calles de esta gran ciudad para constatar todas las violaciones normativas que comenten los mexicanos, todos los días. Y sí, se trata de los mismos mexicanos que todos los días se quejan de la corrupción en México.

El mensaje de Peña fue muy bueno: la corrupción somos todos y sólo condenamos la corrupción que no nos favorece. Aparte de corruptos, somos hipócritas.

El juego que todos jugamos, diría Alejandro Jodorowsky.

   / CIUDADANO CEROCOLUMNAS  / elarsenal.net

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